Por Jorge Serrano Académico investigador Facultad de Ingeniería y Negocios Universidad de Las Américas

La inteligencia artificial ya no solo responde preguntas. Ahora promete actuar por nosotros: revisar documentos, escribir código, coordinar agendas, atender clientes, generar reportes, buscar información, completar formularios o ejecutar pasos dentro de un proceso empresarial. A esa nueva generación de sistemas se les suele llamar agentes de IA. A diferencia de un chatbot tradicional, que responde a una instrucción puntual, un agente puede descomponer una tarea, usar herramientas, mantener contexto y avanzar por una secuencia de acciones.
La promesa es poderosa: empresas más rápidas, procesos de menor costo y trabajadores liberados de tareas repetitivas. Pero también aparece una pregunta menos cómoda:¿estamos aumentando realmente la productividad o solo produciendo más cosas que alguien tendrá que revisar después?
Ese es uno de los riesgos menos visibles de los agentes de IA: son capaces de inaugurar una era de output abundante, veloz y aparentemente bien terminado, pero de calidad difícil de comprobar. El problema no es solo que puedan equivocarse; muchas veces sus resultados tienen buena forma, están bien redactados, parecen coherentes siguen una estructura profesional y transmiten seguridad. Sin embargo, no están exentos de contener errores, omisiones o decisiones frágiles que solo aparecen cuando alguien intenta usarlos, mantenerlos o asumir responsabilidad por ellos.
En las empresas, este riesgo es especialmente relevante. Un agente puede responder más tickets, redactar informes, producir una mayor cantidad de código o sugerir decisiones. Pero si cada resultado requiere validación humana, corrección, trazabilidad y control de calidad, parte de la productividad prometida se desplaza hacia una capa menos visible de trabajo: revisar lo que la máquina hizo, detectar lo que omitió, corregir lo que inventó y asumir la responsabilidad final. La paradoja es simple: los agentes pueden reducir el tiempo de producción, pero aumentar el de validación.
Esto no significa que los agentes de inteligencia artificial deban ser descartados. Al contrario, pueden ser muy útiles en tareas acotadas, repetitivas, auditables y con criterios claros de éxito. El problema aparece cuando se los presenta como trabajadores autónomos capaces de reemplazar procesos completos, sin rediseñar la organización que los recibe. Una empresa no necesita solo agentes más capaces, sino mejores formas de supervisarlos.
La diferencia es importante. No es lo mismo usar IA para sugerir una respuesta que permitirle ejecutar una acción en un sistema interno. No es lo mismo automatizar un borrador que una decisión. No es lo mismo ahorrar tiempo en una tarea aislada que introducir un agente en una cadena de procesos donde un error puede propagarse hacia clientes, proveedores, pacientes, trabajadores o reguladores.
Por eso, la conversación sobre agentes de inteligencia artificial debería moverse desde el entusiasmo por la velocidad hacia una pregunta más madura: ¿qué parte del trabajo generado por estos sistemas podemos verificar, explicar y asumir como propio? El verdadero límite de los agentes de IA en las empresas no será solo lo que puedan hacer, sino lo que las organizaciones sean capaces de revisar, gobernar y responsabilizarse de usar.
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