ESPECIAL 14F: ¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS CON EL HOODIE DE LA PAREJA?

hoodie de la pareja

El proyecto “Sent with Love” de la investigadora Sabine Lettmann mostró que el intercambio de prendas crea vínculos emocionales sostenidos en el tiempo, mientras que el auge de las siluetas oversize y unisex ha facilitado que un mismo hoodie circule entre dos cuerpos sin fricción. Con esa evidencia combinada, la costumbre de “robarnos el polerón” empieza a verse menos como meme y más como una práctica afectiva con bases medibles.

La escena es familiar: alguien duerme con una camiseta ajena porque “huele a esa persona”. Lo que durante años fue un gesto romántico sin mayor explicación ahora tiene un sustento fisiológico claro. En el estudio publicado en el Journal of Personality and Social Psychology, participado por investigadoras e investigadores de la University of British Columbia, las mujeres expuestas al olor de la camiseta de sus parejas reportaron menor estrés psicológico y mostraron niveles más bajos de cortisol que quienes olieron prendas de desconocidos. Dos años después, el mismo equipo observó que el simple aroma de la pareja mejoraba la eficiencia del sueño, incluso sin contacto físico.

Ese dato respalda algo que muchas parejas ya intuían: el olfato funciona como un puente afectivo, un atajo sensorial que calma, regula y sustituye parcialmente la presencia. Lo más interesante es que el vehículo de ese puente es la ropa, porque es el objeto cotidiano donde ese olor queda almacenado.

Compartir ropa como vínculo afectivo

Mientras la psicología medía el cuerpo, la moda observaba el vínculo. En 2024, la diseñadora e investigadora Sabine Lettmann publicó el proyecto “Sent with Love – Exploring Garment Sharing as a Creator of Emotional Bonds”, donde diseñó una prenda unisex y la hizo circular entre distintas personas para estudiar qué sucedía en esa transición. Sus hallazgos no hablan de tendencia sino de afecto: en el documento escribe que “el intercambio de prendas crea una memoria compartida; los pliegues, el desgaste y hasta el aroma funcionan como archivos emocionales que unen a quienes las usan”. Su lectura desliza una hipótesis poderosa: las prendas no solo visten, también conectan.

Para Lettmann, el valor de la prenda no está únicamente en su estética, sino en su capacidad de contener rastros del vínculo: olores, pliegues, marcas, capas y gestos, todos convertidos en evidencia material de una relación. Esa mirada coincide con lo que la psicología había visto desde lo hormonal, pero sumergida ahora en un lenguaje cultural.

Cuando la moda se vuelve interoperable

El auge de siluetas amplias, prendas unisex y cortes oversize también aportó lo suyo: un hoodie puede pasar de un cuerpo a otro sin ajustes, sin negociación y sin pedir permiso. Para Ángela Stuardo, experta en cultura y moda de The Line, este fenómeno no es anecdótico ni marginal. “Compartir una prenda dentro de una pareja no es solamente un gesto romántico, es una forma de construir identidad en conjunto. Hoy la ropa circula de manera más libre y menos propietaria”, afirma.

Stuardo sostiene que la generación actual entiende el vestir como un espacio de coautoría estética, donde el closet se vuelve menos individual y más relacional. “Lo interesante es que deja de importar quién compró la prenda, y empieza a importar quién la usa y en qué contexto. Un mismo polerón puede narrar dos estilos diferentes y, en el proceso, narrar también una relación”, explica. Para ella, lo relevante no es el préstamo, sino la circularidad íntima de la prenda: su capacidad para moverse, transformarse y absorber afecto.

El hoodie como señal cultural

Mirado desde la calle, el fenómeno es simple: hay prendas que no vuelven. Pero detrás hay un sistema simbólico más grande. La neurociencia dice que el olor calma, la moda dice que la prenda construye vínculo y la cultura pop dice que ese vínculo se hace visible. Tres lenguajes distintos para la misma idea: la ropa puede funcionar como una forma de presencia emocional.

Quizás por eso los memes sobre “robar polerones” circulan desde hace años en redes. No hablan de tenidas ni de estilo, hablan de afecto. Hablan de la necesidad de permanencia, de la intensidad de la ausencia y de la materialidad del vínculo. Lo que para la psicología es cortisol, para la moda son pliegues, y para las parejas es un hoodie que queda en el clóset del otro.

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