El país ha multiplicado su capacidad de autoconsumo energético en los últimos años, aunque expertos advierten que el avance no es suficiente para cumplir los objetivos climáticos de largo plazo.
Chile se posiciona como uno de los referentes regionales en generación distribuida de energía solar, impulsado por un crecimiento acelerado del autoconsumo en los últimos cuatro años.
Sin embargo, pese a las cifras positivas, persisten cuestionamientos desde el sector privado y gremial, que apuntan a brechas regulatorias y a una expansión que aún no logra todo su potencial.
De acuerdo con datos oficiales, la capacidad instalada de autoconsumo pasó de 114 MW en 2022 a 464 MW en la actualidad, con más de 39 mil sistemas operativos en el país. La gran mayoría corresponde a instalaciones residenciales, seguidas por aplicaciones agrícolas, comerciales e industriales. La meta gubernamental es alcanzar cerca de 500 MW hacia 2026, objetivo que ya estaría cerca de cumplirse.
No obstante, el optimismo institucional contrasta con la visión de algunos actores del rubro, quienes consideran que el desarrollo ha sido desigual y más lento de lo necesario frente a los compromisos de descarbonización.
Barreras regulatorias y crecimiento desigual
Desde la Asociación Chilena de Energía Solar (Acesol), plantean que el país ha destacado en proyectos de gran escala, pero no ha logrado replicar ese éxito en la generación distribuida.
Según explican desde el gremio, uno de los principales obstáculos radica en la complejidad de los procesos de conexión a las redes de distribución, junto con una normativa que aún no reconoce plenamente el valor que estos sistemas aportan al sistema eléctrico. A esto se suma la falta de incentivos claros para que las empresas distribuidoras faciliten la integración de nuevos proyectos.
A pesar de estos desafíos, el mecanismo de Net Billing ha mostrado avances, especialmente en la zona central del país, donde empresas agroindustriales y centros logísticos han adoptado soluciones de autoconsumo. En paralelo, regiones del sur comienzan a mostrar un interés creciente, impulsado por los costos energéticos y la necesidad de eficiencia térmica, incluso en contextos de menor radiación solar.
Impacto económico, social y energético
El desarrollo de la energía solar distribuida no solo tiene implicancias ambientales, sino también económicas y sociales. Entre sus principales beneficios se encuentra la generación de electricidad en el mismo punto de consumo, lo que reduce pérdidas en transmisión y mejora la eficiencia del sistema.
Asimismo, permite a hogares y empresas reducir su exposición a la volatilidad de los precios de la energía, generando ahorros significativos en el mediano plazo. Según estimaciones oficiales, una vivienda con un sistema de 2 kW podría ahorrar hasta $300.000 anuales, mientras que pequeñas y medianas empresas con instalaciones mayores podrían alcanzar ahorros de hasta $3 millones por año.
Otro aspecto relevante es su contribución a la descentralización económica, al fomentar la creación de empleo técnico y la distribución de beneficios en distintas regiones del país, más allá de los grandes polos de generación.
A pesar del crecimiento de las energías renovables, el sistema eléctrico chileno aún enfrenta el problema del vertimiento, es decir, la pérdida de energía generada que no puede ser inyectada a la red. En 2025, esta situación alcanzó más de 6.200 GWh.
Si bien el sistema de Net Billing permite compensar económicamente los excedentes, persisten limitaciones técnicas cuando la red alcanza su capacidad máxima, especialmente en zonas con alta penetración solar.
En este escenario, el desafío para Chile no solo será seguir aumentando su capacidad instalada, sino también modernizar su infraestructura y regulación para aprovechar plenamente el potencial de la generación distribuida.
Revisa nuestra sección Energía aquí.